Chamberí, un clásico humilde

Reportajes clubs. Maristas ChamberíEl Maristas Chamberí es un colegio del centro de Madrid. Uno de los históricos con más de setenta años de vida. Pero también es un clásico del baloncesto madrileño y nacional. Uno de esos clásicos casi olvidados. De allí salió directo al Real Madrid el mítico Carlos Sevillano. También, previo paso por el desaparecido Vallehermoso, Víctor Escorial (Estudiantes, Barcelona…). Y en su patio entrenó Antonio Díaz-Miguel. Ahora renace con un trabajo de formación tan serio como efectivo.

 

A primera vista, el colegio Maristas Chamberí es un edificio más entre todos los del centro de Madrid. Quizá porque las tres violetas del escudo marista simbolizan la humildad, la sencillez y la modestia, nada llama la atención al entrar en el centro. Ni la recepción, ni el patio (eso sí, lleno de canastas) ni el pabellón, tan pequeño que solo puede albergar partidos de minibasket.


Este equipo juvenil fue subcampeón provincial en la temporada 64/65. Entre los jugadores,
Ángel Pardo (7), Víctor Escorial (10) y Javier Perera (13). El entrenador es Pepe Auseré.

Pero el Maristas Chamberí se convirtió a mediados del siglo pasado en una de las grandes canteras del baloncesto español. El primero en saltar del patio del cole a la élite fue un chaval llamado Carlos Sevillano, que se incorporó al Real Madrid en 1953 (el mismo año en que la sección de fútbol fichaba a Alfredo Di Stéfano). Tras pasar por los filiales del club blanco, Sevillano estuvo once años en la primera plantilla, ganó nueve Ligas, seis Copas y cuatro Copas de Europa, y fue 96 veces internacional.


Un trofeo de 1966. El entrenador, de traje, es Fernando Alarcón.
A la izquierda asoma la cabeza un joven Nico Saldaña.

Víctor Escorial es nueve años menor que Sevillano. No le recuerda en el colegio, pero sí “a los que vinieron inmediatamente después, como su hermano, al que llamábamos Sevillano pequeño, y gente que acabó siendo importante como Palmero, Lope, Alarcón… Y, entrenando, Antonio Díaz-Miguel, que empezó aquí su carrera. Ellos eran los mayores, yo entonces era de los pequeños”. La cultura del baloncesto había calado en el Maristas Chamberí, y cada generación tiraba de la siguiente. “Detrás vinimos la generación de mi hermano y la mía. Había dos familias de hermanos, los Escorial y los Perera. Cuando Díaz-Miguel se marchó, empezó a entrenar Pepe Auseré, que llegó a ser entrenador de Primera y seleccionador juvenil”.


Juegos Escolares en Vallehermoso en 1968. Los cuatro de la derecha,
agachados, son Carlos Escorial, Javier Perera, César Perera y Fernando Alarcón.

Con tanto talento reunido en su patio, el Maristas Chamberí se convirtió en los sesenta en uno de los referentes del baloncesto madrileño, en pugna con otro colegio, el Buen Consejo. Para Víctor Escorial, había una diferencia: “El Buen Consejo era el colegio donde el Real Madrid mandaba a los juveniles que fichaba de fuera, como Cristóbal o Paniagua. Chamberí estaba formado por gente del barrio y no teníamos fichajes”. Entre los hitos del colegio, un subcampeonato provincial juvenil en 1965 con un equipo entrenado por Auseré en el que estaban, en otros, Víctor Escorial, Ángel Pardo, Javier Perera y José Manuel Puga. También una Copa de España infantil en 1970, como atestigua el trofeo que aún se conserva en las oficinas del club.

Eran otros tiempos. El deporte escolar dominaba y apenas existía la competencia del fútbol. En el Maristas Chamberí, la única competencia era… el tiro. “Mi padre, que era presidente de la Federación de Tiro, se empeñó en montar una galería en los edificios antiguos [ya inexistentes]. Chamberí llegó a ser campeón de tiro”, recuerda Víctor Escorial.


Un equipo de 1993, ya en la nueva etapa del colegio.

El salto natural de los mejores jugadores del colegio, tras terminar la época escolar, era el Club Vallehermoso OJE, entonces en Segunda División Nacional. Escorial resume el impacto del colegio en el club con una anécdota reciente: “Antes del verano hicimos una reunión de exjugadores del Vallehermoso. Nos juntamos unos cincuenta. Nos hicimos una foto y después alguien dijo “los que sean de Chamberí que se queden”. Y nos quedamos más de treinta. Parte de la historia del Vallehermoso está escrita con jugadores de Chamberí, aunque también había gente de Buen Consejo y jugadores que empezaron aquí y luego nos ficharon como Carlos Luquero y Alfredo Pérez, que llegó a ser máximo encestador de la liga [el último español en conseguirlo, en 1973]”.

Ese mítico Vallehermoso fue campeón de España juvenil al derrotar en la final al Real Madrid. Y, “sin americanos y casi sin pívots” ascendió a Primera División Nacional. Escorial recuerda que “casi conseguimos la hazaña de mantenernos. Quedamos los terceros por abajo. Descendían dos automáticamente y el tercero disputaba una promoción. Jugamos contra el Bosco de La Coruña y perdimos”. “Parte de la historia del Vallehermoso está escrita con jugadores de Chamberí” Tras el descenso, muchos jugadores recibieron ofertas para quedarse en Primera. El Bosco se hizo con José Manuel Escorial, Ignacio Moko González Blanc y el entrenador Pepe Auseré. Víctor Escorial y Javier Perera se quedaron en Madrid, en el Estudiantes. Escorial militó en el Estu dos temporadas antes de marcharse a Cataluña: Picadero (hasta la desaparición del equipo en la crisis de 1973), Joventut (tres temporadas), Barcelona (otras tres) y Manresa. En su currículum también figura la convocatoria para el Eurobasket de Nápoles, a las órdenes de Díaz-Miguel, junto a Martínez Arroyo, Vicente Ramos, Emiliano, Luyk y Buscató entre otros.


Las chicas son cada vez más protagonistas. El número de jugadoras iguala al de jugadores.

Aunque su intención era retirarse en el Manresa, al regresar a Madrid, en 1981, Escorial recibió la llamada del Estudiantes: “Habían quedado segundos en la liga, con Fernando Martin, Alfonso del Corral… y les habían fichado a medio equipo. Jugué otros dos años allí y me retiré definitivamente en 1983, el último año de la Liga Nacional, antes de la aparición de la ACB”. El regreso a Madrid coincidió con el regreso al Maristas Chamberí, donde matriculó a sus hijos. Pero muchas cosas habían cambiado. Tras la aparición de algunos talentos, como Nico Saldaña, el baloncesto, y el deporte en general, era casi inexistente. “Toda la estructura que yo recordaba había desaparecido. No había apoyo. No se competía. Solo había una liga interna, jugando dentro del colegio. Incluso el color de las camisetas había cambiado. Ya no era el verde de siempre”.

Escorial encontró ayuda en el sacerdote Victoriano Hernando y ambos se pusieron manos a la obra para reflotar el baloncesto en el Maristas Chamberí. “En los ochenta, toda la estructura había desaparecido. No había apoyo. No se competía”“En la temporada 83-84 sacamos un equipo juvenil y empezamos a competir. A nivel de colegio, medio-bajo, pero al menos salíamos fuera. Ese equipo pasó el testigo al siguiente y en poco tiempo teníamos siete u ocho, algunos femeninos. Diseñamos nuevas canastas, nuevas camisetas, el escudo, montamos la oficina, nos relacionamos con clubs como el TAU de Vitoria y el OAR de Ferrol…” Al entusiasmo de Víctor y el hermano Hernando se unió la implicación de muchos padres. “Para que el deporte funcione en un colegio hay que tener tres cosas: que alguien del centro decida que hay que prestarle atención, unos padres que se impliquen y un coordinador. Si tienes las tres, el club renace”, sentencia Víctor. Y renació. En 1988 el Club Maristas Chamberí se constituyó oficialmente, con sus propios estatutos y escudo, presidido por José Manuel Escorial.


La rivalidad con el Buen Consejo
se han mantenido a lo largo de la historia.

Justo al año siguiente llegó al colegio como entrenador Javier Gil, actual presidente del club. “Conocí a Víctor en el año 89 cuando abrí esa puerta. Estaban instalando el primer ordenador”, recuerda. Javier se integró en la estructura del club donde ya estaban otros nombres importantes en la historia del Maristas Chamberí como el hermano Javier Cotorro y Rafael Ibáñez. “Javier Cotorro me animó, me dijo que me sacara un master en dirección de clubs porque había que dar continuidad al proyecto”. Entre los hitos de época, el gran salto del baloncesto femenino. Un equipo subió desde Primera Autonómica, en 1992, hasta Primera B (actual Liga Femenina 2), en la temporada 97-98, con entrenadores como Luis Buceta y Leticia Carmona, y jugadoras como Susana Rico, Ajo Murillo y Susana Alejandro.

En 1999, Javier Gil se convirtió en presidente del Club Maristas Chamberí con el objetivo de seguir fomentando el baloncesto en una doble vertiente, la educación en valores propia del centro y la formación deportiva de calidad. “Competimos, sí, pero no pido resultados deportivos”, apunta.

En la actualidad, el club cuenta con cerca de 200 jugadores de baloncesto repartidos entre la escuela (40 chicos de 1º y 2º de Primaria) y doce equipos, todos ellos federados. El número de chicos y chicas es similar. La mayoría de los jugadores son del colegio, pero también hay de otros centros cercanos con menos tradición deportiva. El básquet no solo supera al fútbol (once equipos, uno federado) sino que el trabajo de formación comienza a dar sus frutos: “En los últimos cinco años hemos crecido mucho. Tenemos seis jugadores en la selecciones madrileñas de minibasket, tres chicos y tres chicas”. ¿El secreto? “La calidad de la formación. De nuestros diez entrenadores, ocho tienen la titulación superior, y los mejores están abajo, con los benjamines y los alevines. Entre los 8 y los 12 años es cuando más tienen que aprender”. Entre los técnicos destaca Javier Llopart, que dirigió al Murcia en ACB y a varios equipos de LEB.


El patio del colegio. La colaboración de las familias es esencial para la actividad del club.

Pero en esta nueva época también hay problemas. Algunos tradicionales, como la escasez de instalaciones. El colegio solo dispone de dos canchas en el patio y un pabellón, edificado en los setenta, con dimensiones solo válidas para minibasket. “Somos el club más chulo de Madrid. Los pequeños son los únicos que juegan a cubierto”, bromean. Su ampliación es un largo sueño de complicado proyecto y mayor coste. Javier Gil también destaca los cantos de sirena de los clubs grandes. “Llaman a los jugadores en edad alevín, con 10 años, y me cuesta convencer a los padres para que se queden. Eso sí, cuando llegan a cadete yo soy el primero que les doy el empujón porque aquí, por ejemplo, no tenemos un campo cubierto en condiciones”.

Entre Víctor Escorial y Javier Gil han recorrido medio siglo de historia del Maristas Chamberí. Desde la perspectiva de la edad, el primero destaca las diferencias entre una época y otra, quizá también entre la alta competición y la formación: “Hablar de deporte no es hablar de espectáculos deportivos. Ahora lo que vemos por la tele son espectáculos deportivos, con muchos intereses económicos, sociales, políticos… Tienen aspecto de deporte, pero no tiene nada que ver. De hecho, si en una competición hay una actitud o un gesto deportivo, hasta sorprende. Chamberí tiene una formación colegial. Además de enseñar cómo botar el balón, enseña valores, disciplina y criterios”.


Javier Gil y Víctor Escorial,
bajo una de las canastas diseñadas por el exjugador.


 
 

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